Resulta que hace unos días he vuelto a saber de mis amiguitos de cuarto de primaria del Colegio San Agustín (CARACAS). Y todo gracias al Facebook.
Es curioso cómo se va sucediendo la vida, y cómo la linealidad del tiempo (como se entiende en occidente) nos juega malas pasadas. Jamás se me hubiera pasado por la cabeza la remota posibilidad de contactar de nuevo con personas que se encontraban es lo más profundo de mi memoria; y sin duda me atrevo a asegurar que hasta ahora mi infancia era una especie de ensueño etéreo que con el más ligero pensamiento desaparecía sin dejar rastro.
Me quedo con esta sensación, la de haber viajado a miles de años luz para volver y descubrir que aún, aquí, hay vida. Me alegro tanto de saber de ellos, forman parte de mi, de lo que siempre he sido, aún sabiendo que han cambiado, que he cambiado, algo nos une, lo que me une incluso a los que leen este blog, o a esos “conocidos” con los que a penas he interaccionado… ¡Qué somos 6.653.071.300 personas, y lo dice Wikipedia! Y con el más mínimo contacto, algo es diferente, vale la pena.
Como guinda final a esta sucesión de pots HIPERcutres cito una de las geniales frases de mi querido Jorge Luis Borges:
“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”.
… y tuve que preguntarme de qué material resistente estan hechos los lazos que nos unen a la vida… (Manuel Vicent, Verás el cielo abierto, por cierto lo recomiendo, muy buen libro)